Insisto en la fecha con vehemencia de economista: el 29 de mayo de 2006 me alejaré de Madrid todo lo que permitan mis finanzas o, si éstas flaquean, mis piernas. ¿Motivo? Doble y con filiación: Mick Jagger y Keith Richards, los Rolling Stones, traen ese día a Madrid su circo geriátrico.
Los detesto por muchas razones. Quizá la menos pertinente aquí sea que decepcionaron al niño que creyó en ellos. ¿Otra razón? Recuerdo a Jagger, con un cóctel en una mano y el maletín con el importe del caché en la otra, abandonando Altamont en 1969 con el habitual porte de suficiencia, dejando atrás el cadáver de un chico negro al que habían acuchillado los guardaespaldas de los intocables Stones. ¿Una tercera? Mi religión –el santo rock and roll– no me permite el trato con nobles.


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