Malditos bromistas

Pensó que era una broma, pero la duda le hizo llamar a su párroco para encontrar orientación. No lo encontró y, angustiado, cogió su ciclomotor y se fue hacia la calle Poch. Efectivamente, en lo alto de una de las acacias pendía una bolsa que parecía albergar una docena de sardinas.

Acongojado le preguntó a un anciano que paseaba con un niño sobre cuál podría ser el contenido de la bolsa, y el anciano le dijo que a él le parecían sardinas. El niño dijo: «Abuelo, vámonos, que este señor huele a caca». Y se fueron. La tarde languidecía a la par que su cara. Incapaz de trepar al árbol, recogió su moto.

Una chica le pidió que la montara, pero él no se atrevió. Le faltaba seguridad. Al llegar a su casa se preparó un sol y sombra, se lo jaló de un trago, se metió en el cuarto de baño, apagó la luz…, eran sardinas. Malditos bromistas.