Estadística y realidad

Una economía sin estadísticas es como una primavera sin flores, aunque lo cierto es que no todas (ni las flores ni las estadísticas) son iguales. Una cosa es determinar la densidad de los bosques y otra muy distinta decidir qué cosas se tienen en cuenta para medir el índice de precios al consumo –el dichoso IPC– del que dependen sueldos, pensiones, alquileres, etc. La misión de los organismos oficiales que elaboran éste y otros datos estadísticos es conseguir que sean un retrato lo más fiel posible de la realidad. Por eso, cada cierto tiempo, deciden hacerles un lifting.

En eso anda el Instituto Nacional de Estadísitca, que en 2006 empezará a anotar  la evolución de los precios de los preservativos, la cirugía estética, las gominolas y el pacharán, entre otros. Es la respuesta, dicen, a la modernización de la sociedad. Pero puestos a cambiar para adaptarse a los cambios, deberían incluir ya el principal gasto de las familias españolas: la compra de un piso, que por ahora no cuenta para el IPC.

En un país donde no se alquila, en España tres de cada cuatro pisos son de propiedad, resulta chocante que a efectos de la inflación sólo se tengan en cuenta los alquileres, los gastos de luz, agua, etc.; y lo que se destina a mobiliario y equipamiento del hogar. Las últimas encuestas de presupuestos familiares demuestran que el gasto en alimentación pierde peso a costa de lo que nos dejamos en restaurantes y cafeterías, al igual que lo que destinamos a alcohol y tabaco, mientras las subidas más notables se las anotan esos tres apartados relacionados con la vivienda.

Quizá si contabilizáramos lo que destinamos a comprar un piso, el IPC se elevaría a niveles estratosféricos, pero no hay duda que sería mucho más fiel a la realidad que el actual.

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