Los actores (generalizando, que es gerundio) nunca reconocen que a una película, una serie o un espectáculo en el que trabajan le falta trasfondo. Yerran. En primer lugar, porque así transmiten la idea de que entretener y emocionar carecen de valor. En segundo lugar, porque corren el riesgo de que luego el espectador piense que lo han tomado por necio.
Dicho lo cual, he de confesar que el rapapolvo no viene al caso, pues La abeja reina de Charlotte Jones, igual que las cebollas (e igual que los ogros), tiene capas. Envuelta en piel de comedia, pone sobre el tapete un buen número de cuestiones con las que lidia el hombre contemporáneo: el éxito en la vida, la imposición del criterio propio a los demás, la falta de afecto...
Y lo hace mediante una historia que, como Hamlet, tiene a un padre muerto y reemplazado como punto de partida y que se presenta llena de símbolos -el más importante, el que establece un conveniente paralelismo entre la sociedad humana y una colmena-. Destaca, además, por sus diálogos plagados de ocurrencias al estilo inglés.
En nuestro país -por primera y seguro que no última vez con carácter profesional- da vida a los personajes de Jones un digno elenco que encabeza, grandiosa en el papel de Flora Humble, Verónica Forqué, que vuelve a repetir a las órdenes de Miguel Narros. En el Teatro Bellas Artes de Madrid hasta el 4 de abril.
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