Hay palabras que contaminan nuestro lenguaje. Seguro que se han fijado a poco observadores que sean. Por ejemplo, el dicho «poner en valo»” (del francés mise en valeur) o «valorizar» (horroroso, horroroso). Últimamente se utilizan esas acepciones para hablar asuntos variopintos. Lo mismo de un yacimiento que de una casa rural. Lo de poner en valor, nos da la pista de hasta qué punto el marketing destroza la esencia de las cosas. No importa si algo es bueno, o menos bueno. Ponle un buen envase, una publicidad llamativa y verás cómo alguien va y se lo lleva. Si nuestra sociedad la sustentan estos valores, bien pudiéramos concluir que las pilastras del marketing sostienen una gran montaña de mier.., digo, de mediocridad. Y estamos ciegos para distinguir lo bueno de lo malo, porque algún mago con máster le ha sacado lustre a la nada. Es como medir la distancia que va desde un tontucio hasta un tontoelpijo. Uno puede pasar de una escala a la otra en un proceso Misión-Visión de pacotilla.
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