Caminaba por la calle y se quedó sorprendido al ver una fuente pública, porque era de las pocas que quedaban en la ciudad.
Por un accidente doméstico llevaba un par de días sin teléfono móvil; buscó una cabina, pero no encontró ninguna.
Se fijó precisamente que en las cuatro o cinco calles por las que había pasado no había ni un solo árbol.
Le extrañó mucho que en la mayoría de las esquinas de los edificios tampoco estaba colocada la placa con el nombre de la vía.
Buscó un banco para sentarse: solo halló uno, medio desvencijado.
La ausencia de todos estos servicios le cabreó tanto que cuando llegó al metro decidió colarse como acto de rebeldía. "Igual que no hay fuentes, ni bancos, ni árboles, ni placas en las calles, tampoco habrá revisores en el metro", pensó.
Tras bajar el primer tramo de escaleras vio a cuatro tipos con chaqueta granate, libreta y bolígrafo en ristre. "Billete, por favor".
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