Trocándoselo por el del negocio más prominente de la zona, en una desalmada tarea de reemplazo, de forma tal que, finalmente, ya ni saben cómo se llama la avenida donde se acaban de comprar los vaqueros rajados o pueden reventar por sobredosis de ketchup.
Porque los jóvenes, y también los adultos, que el pecado es común, desde hace años no se citan en la plaza de América, menudo continente, como para olvidarlo, sino en la plaza de las pizzas, donde convergen casi todas las pastas y sucedáneos. No, la gente ya no queda al lado de la Cruz de los Caídos, lo cual no sé si aún es mejor, sino en la esquina del Corte Inglés. Y, por desgracia, tampoco dice ya, salvo que pertenezca a los Amigos de los Humedales del Sur, o a algún grupo salvaje de la izquierda irredenta, vegetal y oriunda, playa del Saladar, denominación fatalmente suplida por la más inmobiliaria de Urbanova.
Le sucede hasta al puente Rojo, que ni el concejal que lo inauguró sabía que se apelaba 9 de Octubre. Como todos.



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