pero a Maragall ni tocarlo. Así que el catalán tiene barra libre y va a su bola, lo ha hecho toda su vida. Tanto que deja in albis a sus compañeros de partido en cuestión tan relevante como un cambio de gobierno.
Felipe González también mantuvo prudente distancia con Pascual, («cosas de Pascual»), que nunca le planteó concesiones nacionalistas, quizá porque en aquella época no tocaban. Zapatero y González saben que el voto socialista en Cataluña es imprescindible y que se cosecha en dos semilleros: el del socialismo clásico de Montilla-de Madre-Corbacho... y el de barrio alto de ciudad, el de Maragall, sazonado de identidad nacionalista. Ambos se han aguantado hasta ahora, aunque no se sabe por cuánto tiempo más.
El martes en el Parlamento catalán discutirán el estado de la política, los cinco partidos presentes desplegarán discrepancias y algún consenso. El debate interesa también en el resto de España, porque es el aperitivo de la sesión del 2 de noviembre en el Parlamento de Madrid, cuando Rajoy y Zapatero intentarán emular aquellas sesiones del 13 y 27 de mayo de 1932 en las que Ortega y Azaña fijaron posición sobre el
proyecto de Estatuto de Cataluña, aprobado cuatro meses después. Lo que entonces dijeron ambos sigue teniendo vigencia e interés hoy: la «conllevancia» de Ortega y el constitucionalismo republicano y posibilista de Azaña. Claro que los de ahora no son ni filósofo ni novelista. Tampoco Maragall
es el poeta de la España grande que fue su abuelo.


Bueno, esperemos que Zapatero no intente emular a Azaña, uno de los hombres más nefastos en la Historia de España. Desde luego, en cuanto a ineficacia, crispar a la gente, y tirar la piedra y esconder la mano, va camino de ello, por no hablar de la dejación de funciones de su cargo... lo siguiente, será la traición, directamente. Quiero pensar que todavía no ha sido. (No tengo nada claro lo del 11-14M, como no quieren que se sepa nada...)
En palabras de Pío Moa:
"Fue Azaña quien mejor retrató a los republicanos y su política: “tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta”. Y también sin ninguna idea clara salvo un anticristianismo obsesivo, no muy diferente en sustancia del odio obsesivo de los nazis a los judíos.
Actitudes tan bien descritas por Azaña, a la vez causante y víctima de ellas, vuelven a imponerse con el desgobierno del Iluminado de la Moncloa: falsificación de la historia, ataque al espíritu reconciliador de la Transición, o degradación de instituciones como la Biblioteca Nacional, que debieran ser instrumentos de investigación de alta calidad, y no sedes de la propaganda más unilateral y ramplona."
http://www.libertaddigital.es/opiniones/opi_desa_28480.html
Para lo que le queda a Maragall en el convento...
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