La adversidad me jugó otra mala pasada el domingo, y crucé a última hora de la tarde por el parque Pignatelli, rebautizado estos días como parque de las Marionetas. Pequeños y papás habían dejado tras de sí un desolador panorama de suciedad, acompañado de vegetales y mobiliario arrasados.
Ayer por la mañana hubo circo callejero en Independencia. El reducido público que congregó dejó también un abundante rastro de porquería. Ya pueden reforzar los servicios de limpieza.
Lo llevan claro si han de luchar contra cientos de miles de incívicos, empeñados en dejarlo todo hecho un asco. Estar de fiesta no significa dejar la educación en el armario.
Al contrario, convivir todos en la calle requiere redoblar el respeto por los demás, y eso incluye ser un poco más limpios o, simplemente, limpios. Si no, aquí no hay quien viva.




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