Asegura Rubén que quien invente un sistema para sacar estas ruidosas concentraciones pajariles de las ciudades se hará de oro, y no le falta razón, porque se ha intentado de todo: petardos, descargas de aire comprimido, halcones, altavoces con gritos de alarma, muñecos, ultrasonidos.
Como recordaba Gorka Ocio, el Ayuntamiento de Vitoria optó una vez por podar drásticamente los árboles, pues los vecinos protestaban por el ruido, y acabaron quedándose sin televisión al mudarse éstos a sus antenas.
En el norte eligen las ciudades, porque con nuestro asfalto, nuestra contaminación y nuestras calefacciones hace más calor que en el campo abierto. En el sur, porque muchas veces son los únicos sitios con árboles de la zona. Y en todos los casos, porque son lugares más seguros, con menos depredadores, a pesar de gatos, ratas y vecinos malhumorados que no disfrutan con aquello de «¡qué bien canta el tordo si está gordo!».
Si se fijan, la llegada de los estorninos coincide con la partida de las golondrinas a sus cuarteles africanos. La sabiduría popular, tan certera como escasamente refinada, resume el relevo con una simpática fábula; la golondrina le dice al tordo: «Tordos, tordos, que venís muchos y os vais pocos». Y el tordo le responde a la golondrina: «Y vosotras, putas, putas, que venís pocas y os vais muchas».


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