Un autobús urbano repleto de gente en verano: el lugar perfecto para apreciar en todo su esplendor el tufillo axilar. Y todo gracias a la mezcla de calor y humedad, dos factores clave para el desarrollo bacteriano. Son estos diminutos huéspedes, que viven, proliferan, mueren y se descomponen en las axilas, los culpables del olor que atufa los transportes públicos en verano.
Entre las sustancias que liberan se encuentra el ácido isovalérico, que proporciona un característico olor a queso, y el ácido propiónico, muy similar al acético y por el que hay gente que dice oler a vinagre. La dieta, la genética, el género, la salud y la medicación también influyen en el tipo de olor.
Por otro lado, todos tenemos nuestra huella odorífera. Así, en la Edad Media los caballeros, al partir en pos de aventuras, llevaban consigo una manzana impregnada con el olor de su dama: no en vano la habían llevado en sus axilas durante dos semanas.
Algo de razón debían tener porque en 2007 investigadores de la Universidad de Berkeley descubrieron que la androstadienona, un derivado de la testosterona que aparece en altas concentraciones en el sudor de los hombres, hace aumentar los niveles hormonales de las mujeres.
Según el estudio realizado con 48 mujeres estudiantes de la Universidad de Berkeley, aquellas que olieron la androstadienona sintieron un aumento en la excitación sexual muy por encima de las que olieron una levadura de control. Ya ven, el sexo no sólo entra por los ojos. No es de extrañar que al final una relación se acabe porque ella o él se dedicó a "tocarnos las narices".


Pues en Barcelona en los transportes públicos se huele estupenadmente . Seguramente será por que están perfumados y además llevan aire acondicionado.
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