Pero sus historias hablan de sueños rotos, situaciones violentas y mil dificultades. Hablan también de una sociedad demasiado dada a excluir y a mirar hacia otro lado ante estos casos de malos tratos. Son niños problemáticos porque tienen graves problemas, no porque ellos sean el problema.
Si no vemos esa diferencia seremos la coartada de quienes excusan la tortura como recurso pedagógico y, lo que es peor, condenaremos a la destrucción a críos que difícilmente podrán reincorporarse en la sociedad.
La conducta conflictiva no se resuelve a palos, ni con drogas, ni anulando la dignidad de nadie: exige medios que garanticen la reinserción y la tutela efectiva del Estado. Que tomen nota las administraciones. Hace dos años un chico se suicidó en uno de estos centros en Elche, ahora investigados. Nadie contó su historia.
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