Los hábitos profesionales y familiares, amén de la cada vez más extendida costumbre de dedicar el ocio al consumo o a la ilusión de comprar, explican la avalancha de los grandes centros. Es más dudoso que ese conglomerado de factores equivalga a progreso.
Parece que el supuesto avance exige amplias concesiones en pérdida de identidad para nosotros y nuestro entorno. Una pérdida que ya ni siquiera echa de menos el lector de Romareda.




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