Todos somos culpables

Voy leyendo las declaraciones de los testigos de la agonía de la niña de Fortuna y no me lo creo. Cuando se descubrió que había muerto y que tenía signos de violencia, sexual y de la otra, parecía que nadie se había enterado de nada. Con la investigación judicial abierta, vemos que había muchos testigos, gente que había escuchado los gritos de horror de la niña: «papá, no; papá, no».

Y pienso en que se podría haber evitado el calvario de esta niña de 7 años que no tenía más culpa que la de haber nacido en una familia equivocada. Los testigos ahora relatan ante el juez que escucharon gritos. Los testigos podíamos haber sido cualquiera de nosotros que no queremos dar importancia a lo que oímos en la puerta de al lado: «Será una reprimenda -pensamos-y la niña es un tanto teatral y hace mucho ruido».

Pero no queremos darnos cuenta de que una denuncia a tiempo impide torturas como esa. O bien, se lo comentamos al Policía local de turno y limpiamos nuestra conciencia. Eso es lo que hay que cambiar. Cuando un niño llora así, una y otra vez, y grita pidiendo compasión, es que algo grave sucede. Si luego es una falsa alarma, bendito sea Dios. Pero, al menos, no nos habremos quedado con la sensación de no hacer nada.