Los ayuntamientos están endeudados, la ley de estabilidad restringe sus aspiraciones y el dinero que necesitan para cubrir sus competencias (y las que atienden sin que les correspondan, que son muchísimas) no llega porque las administraciones autonómica y central no tienen voluntad política. Pero esta etapa de vacas flacas no disuade a los munícipes de incrementar sus plantillas, que se llevan la mayor parte de los recursos y son el capítulo 1 de su presupuesto. No pretendo caer en tópicos, pero está claro que las plantillas de funcionarios han adquirido proporciones excesivas incompatibles con la austeridad.
El Ayuntamiento de Málaga acaba de aprobar una operación de crédito por importe de 64 millones de euros; la Diputación, un préstamo de 12 millones. La asfixia ha llegado a los municipios medianos y pequeños porque se ha gestionado con una alegría excesiva -ya dijo la ex ministra Carmen Calvo que «el dinero público no es de nadie»-. En general, ha habido mucha pirotecnia con pólvora ajena. He leído estos días La sociedad dividida, un ensayo de José Félix Tezanos. Este sociólogo advierte, entre otras muchas cosas, de que está ensanchándose la brecha entre quienes tienen un trabajo digno y los que no; por extensión, entre los que trabajan para el sector público y el privado. Capítulo 1.




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