Hay miradas que seducen, miradas que aturden, miradas que comprometen, miradas que se encuentran, miradas que se pierden, y hasta miradas que matan. De todo hay en el horizonte elocuente e infinito de la mirada y en la espiral inacabable de la pupila. Pero hay una mirada proscrita, con mala prensa, vaya. Quizá por inquietante, quizá por insostenible, quizá por incierta. Una mirada invendible y chunga que me gustaría reivindicar, por chorra que parezca, desde este pequeño bufete de pleitos pobres y causas perdidas: la de cordero degollado.
¿De qué sirve una mirada desnuda, desarmada y desarbolada si no es para crear desasosiego, inseguridad, temor y hasta rechazo? La verdad es que de muy poco, pero los regalos más bellos suelen ser también los más inútiles. Y el día que los corderos dejen de mirar con ternura, incluso después de haberles rebanado el pescuezo, se me antoja que el mundo se volverá del revés y se le abrirá en el ex Polo Norte, un enorme agujero por el que asomará las tripas. Pero, tranquilos; no es más que una metáfora.




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