Siento profundamente lo ocurrido y pido públicamente disculpas». Lo dice con voz de acojoneitid Gordon Brown tras el lío de los discos perdidos en el Reino Unido. ¿Es el prime minister el encargado de despachar el correo? No, pero allí el que manda tiene la responsabilidad. Mientras, aquí, Gallardón mira para otro lado y silba con hispana carita de yonofui, como el chimpancé de mi foto, mientras el juez Torres demuestra lo que todos sabíamos: en el Ayuntamiento varios grupillos de funcionarios extorsionan a los que necesitan una licencia.
Hay que señalar que Gallardón cambió la normativa en un intento de hacer que el elefante burocrático se moviera con más salero y transparencia. Pero eso no basta. Los escándalos en política tienen un precio. Qué chorradas digo. Más bien deberían tenerlo. Al final la historia es vieja, viejísima: en el Guateque unos son los listos que se pimplan el whisky bueno y meten mano a las guapas. El papi Gallardón hace como que no se entera. Y el resto, o sea, usted y yo, somos los pagafantas que hemos traído las botellas y los sándwiches y lo único que nos dejan es poner los discos y recoger las colillas y los vasos rotos.


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