Hay cosas que molestan, por muy ratón que uno sea (y a mucha honra). Mi familia y yo vivimos desde hace muchas generaciones en este edificio donde antes estaba Correos. Vienen unos vecinos nuevos, del Ayuntamiento, dicen. Montan una obra que nos vuelve locos. Cuando por fin la acaban, encuentran a unos primos míos en la ofi del señor alcalde, y ¡hala! «plaga de ratones».
¿Acaso les hemos llamado a ustedes ‘plaga de funcionarios’. Mis primos habían ido a presentar sus respetos a don Alberto, a decirle lo de siempre, que si necesita una tacita de arroz o algo, que para eso estamos los vecinos. Y en esto que les ve una señora, se pone a gritar, y ya tenemos el lío. Encima dicen que van a llamar a una empresa para exterminarnos. (¿Blackwater, como en Irak?) Don Gallardón, por favor, diga a estos histéricos, que unos ratoncitos no hacen daño a nadie, que sólo roeremos por los bordes algún expediente que otro. Y que si quieren guerra, que se preparen para una yihad mustélida como la de nuestros primos los topillos de los campos de Castilla. ¡No pararemos hasta que el edificio se llame el Ratuntamiento!


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