Sábado, 20/03/10. Actualizado hace 1 minuto
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La crónica verdeCésar-Javier Palacios
Cual Ave Fénix renaciendo de sus cenizas, miles de pequeños pueblos y aldeas españolas recuperan estos días el pulso aletargado por el invierno. Hace ahora 40 años, mi abuela Emilia aguantaba las lágrimas mientras cerraba la puerta de su casa en Huidobro (Burgos) camino de Bilbao. Ella y su marido eran los últimos habitantes que quedaban en el pueblo. En enero se les murió la yegua en la cuadra durante una terrible tormenta de nieve. Debieron pedir ayuda a los parientes de Nocedo para arrastrarla días después hasta el muladar y que en unas pocas horas fuera devorada por los buitres. No quiso ser la siguiente y se fue sin mirar atrás, sabiendo que nunca más volvería a ver la Peña Lugero. Su casa de piedra está ahora hundida, pero otros han vuelto y están arreglando las suyas. Incluso una familia ha montado allí una granja. Como en Cortiguera, o en Tudanca, Gallejones, Munilla, Crespos, Lorilla...
Cuando a partir de 1960 un terrible abandono se adueñó del campo, el éxodo rural se vio como único camino posible de no retorno. En general lo fue, aunque no tan radical como muchos se temieron. Por suerte para todos, las viejas casonas familiares vuelven a estar habitadas en verano. Estacionalmente, a semejanza de los complejos turísticos, pero vivas. En muchos de «los pueblos del silencio» de los que escribió mi amigo Elías Rubio pueden oírse desde ahora y hasta San Miguel las risas de algún niño, los murmullos monocordes de la partida de brisca a la sombra del moral, una música lejana, la azada abriendo surcos en la huerta, el crotoreo de la cigüeña. Los más ancianos vuelven de la residencia donde han pasado los fríos y se encuentran allí con sus nietos. Son días de pueblo. De las peores travesuras y de los mejores galanteos. Llegan los veraneantes. Sean bienvenidos.
Leída la columna a 5 meses vista de los calores más cercanos, y se me saltan las lágrimas... al recordar mi pueblo, ese pueblo que a su vez me recuerda a mis abuelos, esos que ya no están, y que echo de menos cada día. Y pienso en las ganas que tengo de ir, de encontrarme con la sra. Antonia, la vecina, y que me cuente qué tal está ella, su marido y su gato... No sé, ganas de volver a encontrarme con ese lugar que si todo va como tiene que ir, recuperaré como mi casa.
02.02.2008 - 18.01 h - Dice ser Tonta! - #1
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