Uno de los animales más bellos, nobles y furibundos que aún quedan sobre el viejo mundo. Pero de repente, ya puestos a hablar de animales, me ha parecido mucho más apasionante y hasta conveniente lo que estaba viendo en La 2 (porque yo sí que veo los documentales, no como otros, y no miro a nadie).
Era un águila a la que unos -científicos?– le habían colocado dos cámaras sobre el lomo con las cuales conseguían el presumible, y muy discutible, punto de vista del ave rapaz durante el vuelo. Qué soberbio. Qué capacidad la del ser humano para domesticar, para amaestrar todo cuanto crece libre y salvaje.
Los artilugios le quedaban al bicho como a un cura dos pistolas, pero a quién le importa. ¿Es acaso ese animal capaz de entender lo que es la dignidad, la estética, incluso la ética? No, ¿verdad? Pues suerte que tiene. Basta con que la cámara lo capte para quede justificada su existencia y cuantas perrerías se le hagan. No sé si reírme o llorar.




Pues llorar.
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