Lección de consumismo

Lunes por la mañana. Céntrica zona comercial de Madrid. Un par de maestras intentan poner en fila a un grupo de escolares de unos ocho años.

Están a escasos metros de unos conocidos grandes almacenes y parecen dispuestos a acceder a ellos. Pero no, no puede ser; deben de ir al cine, al teatro, a estudiar los monumentos de su ciudad... Entonces ocurre: el ejército de pequeños soldados comienza a avanzar hacia la puerta de la tienda, pasito a pasito, en una fila perfecta, y cruza el umbral.

Hoy no hay clase de matemáticas; hoy la asignatura se llama Mirando al futuro.

Lección 1: consumiendo también se aprende. Me pellizco, pero no despierto de la pesadilla. Sólo lo logro tras levantar el teléfono y marcar 901...: «Sí, organizamos visitas guiadas para niños (...)», «pero mejor que vengan en Navidad, así les enseñamos la sección de juguetes (...)».

En medio de mi enajenación mental alcanzo a entender la maniobra del centro comercial. Pero mi agilidad cerebral termina ahí. Porque, ¿cómo es posible que unos padres autoricen a sus hijos a acudir a una clase de consumismo? Y, peor aún: ¿qué se puede esperar de un colegio que considera esto educativo? ¿Tal vez la tienda financia su comedor escolar? ¿En esto consistía la privatización de la educación? Mejor no dar ideas...

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