Dice el refrán castellano que «las mañanas de mayo son las mejores del año». Y a juzgar por cómo se presenta el mes, no le falta razón, al menos para los que disfrutamos de la naturaleza y gustamos de pasear por el campo en una época reventona de flores, mariposas y pájaros cantando por doquier. En las huertas se redobla el trabajo, pues es el momento de plantar cebollas, tomates, calabacines y pimientos. También de injertar los árboles frutales. Un consejo final. Al caer la noche en el campo, al arrullo monótono del chotacabras, mire hacia el sudeste con unos prismáticos. Ese luminoso astro es Júpiter.
Culto a la primavera
El próximo lunes es San Gregorio Ostiense. Con un punto de nostalgia, Leoncia Pacheco se acordará un año más de la olvidada procesión a la dehesa, cuando junto con las otras 27 mozas casaderas de su pueblo de La Seca (Soria) seguían, cantando, al señor cura, y éste, al que abría el paso con la cruz parroquial, camino del centenario roble de San Gregorio. Allí, el vicario bendecía solemnemente árbol y campos, con la seguridad de que así conjuraba a las voraces orugas, quienes por intercesión del santo abad se alejaban raudas a golpes de asperje, y con ellas, el peligro de plagas. Hoy ya no hay cura ni casi vecinos en La Seca que renueven el viejo rito, pero se mantiene vivo el árbol santo. Como se mantienen vivos en otros muchos lugares de España los homenajes vegetales del pasado 3 de mayo, adornando cruces en localidades como Valencia de Alcántara, Granada o Valladolid, el «divino madero», o «pingando el mayo», como se sigue haciendo en la comarca de pinares de Burgos y Soria, resto de un viejo culto primaveral, consistente en cortar los jóvenes del pueblo el pino más alto, llevarlo a hombros y alzarlo en el centro de la plaza.


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