El tráfico estaba imposible. A la altura de Hilarión Eslava, paro en un semáforo. Junto a mí, un taxi. En la acera, un agente de movilidad de pie junto a su coche patrulla. El agente se queda mirando mi coche. Lo mira y lo remira.
Hago un rápido repaso mental. Cinturón puesto, luces apagadas y creo que no estoy pisando el paso de cebra. Además, el taxi está más adelantado que yo, por lo que la infracción sería más suya que mía. De repente, el agente de movilidad se viene hacia mí y me echo a temblar.
El semáforo se pone en verde pero él me indica que baje la ventanilla. Con el tráfico bloqueado y el resto de conductores empezando a ponerse nerviosos, le escucho atónito: «Perdone, caballero, ¿qué tal le va con el coche? , ¿es nuevo, verdad?, ¿diésel, no?, ¿consume mucho? Es que estoy pensando en comprarme uno y este modelo es mi favorito».




Que coche manejas Dani?
Si es que te has comprado un cochazo. Muy bonito, sí señor.
(A mí nunca me ha pasado eso, snif).
¿A quién se le ocurre meterse en Madrid con el cochecito?
Sólo a uno que no está bien de la perola...
Con este artículo Daniel Gil ejemplifica perfectamente la misión que los agentes de movilidad tienen en Madrid: adornar las calles y no hacer nada. En su afán por parecerse al resto de capitales del mundo, el señor alcalde copió este cuerpo de agentes de París, sin saber muy bien lo que eran ni para qué servían. Al cabo de tres años, la movilidad sigue estando fatal pero desde el Ayuntamiento están encantados ya que estos agentes han demostrado su utilidad como instrumento recaudatorio. Y mientras tanto, los madrileños pagando los caprichitos del alcalde.
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