O quizá no. Es decir, que pasó lo que se esperaba que pasase. Que dos selecciones tan simbólicas de la España prefederal salgan a un terreno de juego a montar fiesta es un motivo más que suficiente para que sus seguidores transformen el deporte en una reivindicación política. ¿O es que sociológicamente el fútbol no es la versión moderna del circo romano, donde los espectadores no se limitaban a la mera contemplación de la ceremonia, sino que la percibían como una representación más o menos civilizada de la guerra?
El fútbol es reivindicación política desde que se convirtió en un negocio superlativo. En Bilbao y en Vladivostok. El problema es que los que hoy se quejan por lo que vieron, mañana mirarán hacia otro lado. Y viceversa.




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