Blackthorn (Sin destino)

Blackthorn (Sin destino) - Cartel
Título V.O.
:
Blackthorn (Sin destino)
Año de producción:
2011
Distribuidora:
Alta Films
Género:
Western
Clasificación:
No recomendada menores de 12 años
Estreno:
1 de julio de 2011
Director:
Mateo Gil
Guión:
Miguel Barros
Música:
Lucio Godoy
Fotografía:
J.A. Ruiz Anchía
Intérpretes:
Eduardo Noriega (Eduardo Apocada), Stephen Rea (Mackinley), Sam Shepard, Magaly Solier (Yana), Padraic Delaney (Sundance), Dominique McElligott (Etta), Nicolaj Coster-Waldau (James joven), James Blackthorn (Butch Cassidy)

Fotogramas de la película

Sinopsis

El legendario forajido Butch Cassidy murió en 1908 a manos de su amigo Sundace Kid, o al menos eso dice la versión oficial. Sin embargo, el vaquero ha permanecido durante dos décadas escondido y ahora ha decidido regresar a su hogar. Por el camino, va a cruzarse con un ingeniero español que acaba de robar 50.000 dólares en la mina en la que trabajaba y cuyo propietario es el empresario más importante de Bolivia. Para su desgracia, se ve implicado en el caso y tendrá que hacerle frente.

Mateo Gil (Nadie conoce a nadie) busca consolidarse en la dirección con "Blackthorn. Sin destino", un western situado en Bolivia en el que el joven valor grancanario, amigo de la universidad de Alejandro Amenábar y guionista habitual de sus películas, se atreve con el lejano oeste en su segundo largometraje. La producción de Ariane Mararía y Arcadia Motion Pictures enfrenta los viejos valores a un futuro en el que la moralidad se confunde con el beneficio propio.

Sam Shepard (El asesinato de Jessy James por el cobarde Robert Ford), veterano a la hora de calzarse las botas de cowboy, se siente cómodo con un personaje mayor, cansado, sólo, que por un breve momento antes del fin siente volver sus viejas ilusiones y energías. Energías que le devuelve Eduardo Noriega (Tesis), que ya trabajó con Mateo Gil en "Nadie conoce a nadie", y Stephen Rea (V de Vendetta), que aceptó el papel después de que el propio Shepard le propusiera como el candidato perfecto para "Blackthorn. Sin destino".

Crítica

Blackthornesgrime la parábola del hombre inmortal, del héroe/antihéroe imperecedero, del mito reescribiendo la historia. Butch Cassidy es eso, un fantasma, que purga sus pecados apegado al paisaje que lo reivindicó como icono en un oeste diluido en la clandestinidad de un presente en el que las leyendas son reliquias.Mateo Gilindaga en ese espacio de marginación crepuscular del género y de su campo semántico. "Blackthorn" transcurre en Bolivia prefigurando el ocaso obligatoriamente fronterizo, desde el exilio, de una época que no cabe en los márgenes de la modernidad.

Gil, mano derecha de Amenábar, procede con un ejercicio de lánguida nostalgia a escarbar en las convenciones, en el horizonte terminal del western crepuscular elucubrando, decíamos, sobre la inmortalidad de uno de los grandes iconos del cine del oeste. Pero "Blackthorn" no enuncia un crepúsculo de manual; al fin y al cabo el trasfondo de la tragedia es una redención, una purga de pecados. Cassidy es ya un viejo al que solo una corta travesía separa de la muerte, pero en sus entrañas han germinado conceptos como la justicia, la lealtad y la decencia.

Gil redacta con rigor arquetípico el vaivén emocional del legendario forajido que se sabe última reliquia de un mundo en extinción pero no acierta a cristalizar el concepto en pantalla. "Blackthorn" es cine con buenos mimbres, bien escrito, conceptualmente sugestivo, insólito, pero a la vez formalmente inocuo, estilísticamente plano y rutinario. Gil es mejor guionista que director; las imágenes de su audaz incursión en el western son apáticas, a duras penas funcionales pero sin firma ni sello de identidad.

El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Fordhabría sido una película corriente de no ser por la mirada multidimensional que sobre el suceso proyectaba Andrew Dominik. Gil no proyecta nada de sí mismo en el último viaje de Butch Cassidy, que se observa desde la distancia, en la lejanía, sin implicación sentimental de ninguna clase. Gil se sabe al dedillo las leyes del género que visita, pero las despliega sin convicción, sin procesarlas; su película, meritoria a pesar de todo, camina siempre de puntillas, delegando en la arrolladora presencia escénica de un espléndido Sam Shepard y confiando, ingenuamente, en la inercia de una buena historia que, como tal, debiera bastarse para llegar a puerto.

No llega, entorpecida por los inexpresivos flashbacks que desgranan los días de gloria del forajido, a la sombra de otros clásicos modernos del subgénero que, a diferencia de éste, presumen de un director menos tímido, con un concepto menos elemental y artesanal de la puesta en escena.

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