Acantilado rojo

Acantilado rojo - Cartel
Título V.O.:
Chi bi
Año de producción:
2008
Distribuidora:
Tri Pictures
Género:
Acción
Clasificación:
No recomendada menores de 12 años
Estreno:
18 de marzo de 2010
Director:
John Woo
Guión:
John Woo, Khan Chan, Kuo Cheng, Sheng Heyu
Música:
Tarô Iwashiro
Fotografía:
Lu Yue, Zhang Li
Intérpretes:
Takeshi Kaneshiro (Zhuge Liang), Chang Chen (Sun Quan), Tony Leung (Zhou Yu), Zhang Fengyi (Cao Cao), Zhao Wei (Sun Shangxiang), Hu Jun (Zhao)

Fotogramas de la película

Sinopsis

En el año 208 a.C., China se encuentra dividida en varios estados confrontados. El Primer Ministro Cao Cao sueña con gobernar todo el país, pero antes tiene que embaucar al Emperador para que declare la guerra a los reinos del oeste y del sur. Los mandatarios de estos dos lugares responden a la amenaza creando una difícil alianza, situación que Cao Cao aprovecha para enviar nada menos que ochocientos mil soldados y dos mil barcos. La batalla del Acantilado rojo decidirá el futuro de la nación.

La historia china está plagada de episodios legendarios, pero uno de los más célebres es la batalla que tuvo lugar en el Acantilado rojo durante la Dinastía Han y que ha dado lugar a series de televisión, videojuegos y cómics. Todos los pormenores estratégicos de los mandatarios y los intereses personales que estaban en juego quedaron hábilmente plasmados en una novela que tiene casi siete siglos de antigüedad: "El romance de los Tres Reinos". Pues bien, tomando este relato y haciendo uso de los mejores avances tecnológicos, el realizador de acción John Woo (Paycheck, Misión Imposible 2) vuelve a su tierra para rodar una aventura épica.

El director chino quería que sus personajes se asemejaran a la imagen que todo el mundo tiene de ellos, tanto física como psicológicamente. Así, los elegidos para dar vida al reparto principal fueron Tony Leung (Deseo, peligro), Takeshi Kaneshiro (La Casa de las Dagas Voladoras), Zhang Fengyi (Adiós a mi concubina), Chang Chen (Seda) y Zhao Wei (Mulan), además de un gran número de extras. "Acantilado rojo" cuenta con una versión dividida en dos películas para Asia y una versión más reducida para las salas internacionales.

Crítica

Privados del derecho de gozar de la majestuosidad XXL del "Acantilado rojo" real, una película dividida en dos partes de más de cuatro horas en total, lidiamos resignados con la sinopsis visual de esa presumible obra maestra de la épica pseudohistórica pertinentemente cercenada aquí a lo burro, a la manera de la caótica "Siete espadas" de Tsui Hark, asesinada de manera inmisericorde en la sala de montaje y privada en el empeño de toda su razón de ser. El estropicio con lo último de John Woo es algo menor, la película, a pesar de estar partida por la mitad, sigue teniendo coherencia y el aliento de desmesura de la gigantesca epopeya pervive si bien considerablemente amortiguado. Aconsejamos hacerse con una copia de la película real, que es lo suyo y lo realmente bueno. Si no es posible menos da una piedra.

"Acantilado rojo" encierra casi todas las virtudes huecas y exuberantes del wuxia contemporáneo sobre el colchón de una pieza maestra de la épica clásica china cual es el "Romance de los tres reino". Woo adultera sin piedad la magia intrínseca del original reubicándolo en el contexto de una película de acción-aventuras sin lógica causa-efecto en el que apabullar por apabullar es el verdadero quid de la cuestión. Y lo cierto es que lo consigue; su última y elaboradísima película (la más cara de la historia del cine asiático) es un espectáculo portentoso para los ojos y los oídos, sostenida por un crescendo arrollador, sin pausas ni respiro, y pertinentemente inflada de grandeza a costa de una no siempre cómoda sensación de climax perpetuo. Woo pasa de equilibrios y contenciones; su película tira la casa por la ventana en todos los sentidos ajustando el impacto de su muy exótica sensibilidad a la manera occidental de mirar el cine. Es decir, "El Acantilado rojo" está cocinada para su consumo en mesas de medio mundo; lo cual enriquece su pegada comercial pero perjudica su identidad como película china o, más bien, chinesca. I

ntuimos los lugares en los que la tijera obró los mayores estropicios y la película lo acusa. Los personajes brillan a media luz aplastados por la montaña rusa visual y por un montaje que, inevitablemente, no les deja apenas aire que respirar. Pero de lo que se trata es de que abramos la boca maravillados ante la desmesura bélica del invento, ante su extravagante y adictivo orientalismo.

Objetivo conseguido: Woo nos arrastra a pesar de los pesares al ojo del huracán y disfrutamos como enanos absortos en el alucinante derroche de medios. Entendemos además la imposibilidad de emitir un juicio definitivo hasta que no podamos despachar la versión íntegra (que no extendida), de la que al parecer huyen los distribuidores occidentales. Se palpan los mimbres de una película grande, y el espectáculo es en sí grandioso. Lamentablemente no podemos ni debemos sacar aún más conclusiones.

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