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La caja (2006)

La caja (2006) - Cartel
Título V.O.
:
La caja (2006)
Año de producción:
2006
Distribuidora:
Oberón Cinematográfica
Género:
Comedia Negra
Clasificación:
No recomendada menores de 13 años
Estreno:
1 de junio de 2007
Director:
Juan Carlos Falcón
Guión:
Juan Carlos Falcón
Música:
Joan Valent
Fotografía:
Gonzalo Berridi
Intérpretes:
Antonia San Juan (Benigna), Joan Dalmau (ignacio), Manuel Manquiña (Jerónimo), Elvira Mínguez (Isabel), Vladimir Cruz (Jorge), María Galiana (Doña Josefa), Ángela Molina (Eloísa)
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Fotogramas de la película

Sinopsis

Don Lucio es el vecino más odiado y temido de un pueblecito canario. Cuando muere repentinamente, su viuda no tiene sitio para velarlo en casa y pide ayuda a su vecina Isabel. El velatorio se convierte en una peregrinación de paisanos que quieren saldar cuentas con el difunto. Poco a poco surgen secretos inconfesables que se entremezclan con sensaciones de miedo, venganza, alegría y tristeza. Pero no es lo único que sale a la luz, ya que el curioso ambiente va a propiciar relaciones impensables. "La Caja" está basada en la novela de Víctor Ramírez "Nos dejaron el muerto", una historia llena de contrastes sobre la tradición de los velatorios en casa de los difuntos. El director novel Juan Carlos Falcón ha respetado la ambientación del libro en una comedia dramática con tintes de humor negro. Según el propio Falcón, se trata de un relato de mujeres fuertes, acostumbradas a no exteriorizar sus sentimientos. Para un argumento de estas características se ha elegido a un plantel de actrices con muchafuerza interpretativa. Es el caso de Ángela Molina, que vuelve a una producción española después de "Los Borgia" y de su andadura europea (Anastezsi). Junto a ella, una cada vez más consolidada Elvira Mínguez, que desde su Goya de reparto por "Tapas" no ha parado de trabajar. Por su parte, María Galiana sigue muy centrada en la televisiva "Cuéntame", pero lo compagina con su labor en el cine (2 rivales casi iguales). Completa el cuarteto protagonista Antonia San Juan, chica Almodóvar en "Todo sobre mi madre" y dedicada últimamente al teatro.

Crítica

En La caja soplan ráfagas de humor negro berlanguiano, que viene a ser un piropo gigante para un debutante que, como Juan Carlos Falcón, encuentra en equilibrio tan operativo entre comedia y drama en, por lo menos, planteamiento y nudo de su ópera prima. Bien es cierto que la sustancia de los avatares esperpénticos del velatorio de La caja es directamente proporcional a la genial solvencia del elenco femenino con Elvira Mínguez, Ángela Molina y María Galiana a la cabeza. Tres actrices mayúsculas que disparan la intensidad del drama y de la comedia con un arqueo de cejas si es menester. Ellas tres, con la inestimable colaboración de Antonia San Juan, sólida reproduciendo sus registros habituales, son la espina dorsal de esta fábula sobre avaricia, cuentas pendientes y, sobre todo, acerca de mujeres fuertes y curtidas, valientes y enfrentadas a la cruda cotidaniedad solas y sin auxilio.

Falcón conduce la comedia sobre los raíles apropiados durante los dos primeros actos, a la par que disecciona los encuentros y desencuentros en torno al velatorio, desde la buena armonía de un equilibrio estimable entre tramas y subtramas, entre interiores y exteriores, entre guasa y matices de tragedia mientras retrata la efigie miserable del fiambre, detestado por propios y extraños, ave de carroña que no dejó más que desprecio a su prescindible paso por la vida.

Interrumpe la armonía la intromisión de los personajes masculinos, Vladimir Cruz y su, en la ficción se entiende, hermano retrasado. Desde entonces el tronco nuclear de la trama se dispersa con un romance ubicado con calzador y, sobre todo, cuando el ejemplar costumbrismo delirante se evapora para dejar sitio al desenlace. Fin del velatorio y los chascarrillos junto al cadáver, fin de la película. Falcón renuncia entonces a la contención berlanguiana y confiesa no tener un gran final para tan singular comedia. Lo negro se vuelve blanco y hay que buscar un remate medianamente coherente que, sin ser determinante, porque no lo es en absoluto, deprecia las virtudes mayoritarias exhibidas hasta ese punto.

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