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El último show

El último show - Cartel
Título V.O.
:
A Prairie Home Companion
Año de producción:
2006
Distribuidora:
Manga Films
Género:
Comedia Dramática
Clasificación:
Pendiente por calificar
Estreno:
23 de marzo de 2007
Director:
Robert Altman
Guión:
Garrison Keillor
Fotografía:
Edward Lachman
Intérpretes:
Meryl Streep (Yolanda Johnson), Woody Harrelson (Dusty), Lily Tomlin (Rhonda Johnson), John C. Reilly (Lefty), Tommy Lee Jones (El ejecutor), L.Q. Jones (Chuck Akers), Lindsay Lohan (Lola Johnson), Kevin Kline (Guy Noir), Virginia Madsen (Mujer peligrosa), Garrison Keillor (GK)
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Fotogramas de la película

Sinopsis

Uno de los programas radiofónicos más escuchados en Estados Unidos está a punto de desaparecer por la fuerte competencia de la televisión. Garrison Keillor es la voz que ha presentado el show desde siempre y ha provocado algunas disputas entre los artistas que participan en él. Cuando todos ellos se enteran de que están ante, la que puede ser, la última emisión del legendario show, salen a la luz antiguas rivalidades, malos entendidos y algún que otro affaire amoroso ocurrido entre bambalinas.

Esta película es la obra póstuma de Robert Altman, uno de esos nombres que figuran con letras de oro en el universo cinematográfico con películas como "Nashville", "Vidas cruzadas" o "Gosford Park". Sus historias siempre han contado con gran número de actores para tejer complejos entramados argumentales. Son famosas sus ácidas comedias sobre las miserias humanas (Cookie's Fortune) o su visión sobre el mundo de la moda (Prêt-à Porter).

"El último show" es una comedia coral ambientada en el estudio radiofónico de "A Prairie Home Companion", exitoso programa que da nombre al título original del filme y en el que se basa este relato. Garrison Keillor, presentador del show, se interpreta a sí mismo y ha escrito el guión. En el reparto destacan Meryl Streep (El diablo viste de Prada), Kevin Kline (In and Out), Tommy Lee Jones (Men in Black) y Woody Harrelson (A Scanner Darkly).

Crítica

Etólogo del ocaso, cronista de la herrumbre histérica del punto final, del anacronismo y la eternidad trasnochada, Altman se fue bisturí en mano, auscultando enésimas derrotas, y fotografiando la estertórica extinción de un mundo viejo, con gusto a dignidad rancia, en el agujero negro del olvido: el mundo del cine, el de la jam session jazzística, el de la aristocracia británica de entreguerras, el de la soldadesca yankee en Corea matando moscas a cañonazos, la frivolité patológica de la alta costura y un sinfín más de sombras con pocas luces decoran los tratados de cirugía del maestro, inventor, no ya de una semblanza polifónica y multiangular del drama coral de toda la vida, sino de un concepto multifocal de la narrativa escénica, donde el espacio-tiempo se vertebra alrededor de un hilo invisible en torno al cual orbitan los retratos fragmentados de sus personajes, probando que no es indispensable asumir la unicidad vial de un único sentido.

Las cintas corales de Altman surgen desde la espontaneidad y la asimetría informal de un código asombroso de sutilezas y matices de un ejemplar cinismo. El último show es un Altman sin concesiones, minimalista en la argumentación de los porqués, pero deliciosamente rico en perfiles de carne y hueso, irresistible desde el cinismo providencial de un puñado de diálogos y confesiones antológicas. El tópico aquel del cine de personajes se refundó para hablar del cine de Altman, tan austero en el encaje de las piezas del esqueleto, tan aparentemente y engañosamente anárquico, que crece sano por su profundidad sociológica y por la reivindicación de una narrativa exigentemente adulta y salpicada de una melancolía desarmante y silenciosa. Hablar de El último show es hacerlo de un compendio de tendencias, de la cristalización testamental de un puñado de principios insobornables. La última cinta de Altman se escucha con más placer que se observa, porque la naturaleza del meollo brota del diálogo yla sabiduría verbal. Es, de hecho, un formidable epitafio de los días de radio, y de los últimos días que son y serán aquí o allá. Altman es, en su testamento cinematográfico, primo hermano de Bogdanovich o Tsai Ming Liang (véase la espesa y magnífica Goodbye Dragon Inn), glosando el final ineludible de una época al compás de un recital colectivo de iconos rancios y entrañables de una América en pretérito imperfecto.

No se cuenta entre los frescos colectivos más brillantes del padre del modelo de Vidas cruzadas, pero es auténtica y admirable de punta a cabo. Y es mucho más: la última hora y media de cine, suyo sin concesiones, de uno de los más grandes del Nuevo Hollywood y, en general del cine de posguerra. Descanse en paz el genio y mil gracias por su última representación. Por el último alzado de telón.

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