Los fantasmas de Goya

Los fantasmas de Goya - Cartel
Título V.O.
:
Goyas ghosts
Año de producción:
2006
Distribuidora:
Warner Sogefilms
Género:
Drama
Clasificación:
Pendiente por calificar
Estreno:
8 de noviembre de 2006
Director:
Milos Forman
Guión:
Milos Forman, Jean-Claude Carrière
Música:
Varhan Bauer
Fotografía:
Javier Aguirresarobe
Intérpretes:
Randy Quaid, Natalie Portman, Javier Bardem, Stellan Skarsgård, Michael Lonsdale, José Luis Gómez, Mabel Rivera

Fotogramas de la película

Sinopsis

Durante el reinado de Carlos IV, la España de 1792 vive un periodo de agitación política y cambios históricos en el que la Inquisición experimenta sus últimos momentos en los años de las invasiones napoleónicas y su derrota final, una época en la que Francisco de Goya es el pintor más famoso del país. Inés Bilbatua, hija de un comerciante vasco, amigo de Goya, es la musa del genial pintor. La joven, acusada falsamente de hereje, es enviada a prisión. Su vida se ve unida a Lorenzo Casamares, influyente y enigmático monje vinculado a la Inquisición, responsable de la acusación de herejía. El prestigioso cineasta Milos Forman, ganador de dos Oscar y director de películas como "Alguien voló sobre el nido del cuco", "Valmont" o "El escándalo de Larry Flint", vuelve con un drama histórico ambientado en la España de Goya y de la Inquisición. Una película protagonizada por Javier Bardem ("Mar adentro", "Antes que anochezca"), Natalie Portman ("Star Wars", "V de Vendetta") y Stellan Skarsgard ("El indomable Will Hunting", "Insomnia"), en el papel del pintor español. El encargado del guión, el francés Jean Claude Carriere, que ya adaptó la novela "Las amistades Peligrosas" para la película "Valmont", es muy conocido por su asociación con Luis Buñuel y directores de gran importancia como Jacques Deray o Volker Schlondorff.

Crítica

Siete años llevaba Milos Forman en el dique seco y para reverdecer laureles ha vuelto a las pelucas barrocas y al perfil tormentoso del artista genial, aunque su Amadeus fuera tridimensional y su Goya sea un paseante de lujo, observador pasivo y no participante de los avatares histórico-religiosos del siglo XVIII. Los fantasmas de Goya es un aparatoso tapiz, con pintor al fondo, de las correrías inquisitoriales en aquella España con complejo de potencia estrellada, que se deleita con el paisaje histórico como quien mira grabados de la época desde el umbral de la puerta. No queda claro después de ciento veinte minutos qué película quería exactamente Forman, porque abre mil puertas y no atraviesa ninguna. Desde luego no un retrato contextualizado del Goya público o privado, porque Stellan Skarsgard mira los toros desde la barrera, ejerciendo de detonante narrativo y de mero catalizador del drama que descansa enteramente sobre los hombros de Bardem y Natalie Portman mientras desfila de tanto en cuantola mirada artesanal del pintor que aquí ni siente ni padece, del que nada sabemos más allá del bagaje cultural que cada cual traiga de casa. Tampoco un fresco histórico propiamente dicho porque el director de Valmont despacha quince años con una kilomética elipsis que deja mil y un cabos sueltos en el camino, obviando cualquier ilustración medianamente profusa del destino Carlos IV y su señora, el por qué de la sordera del artista o, lo peor, los detalles, siquiera someros, de la invasión napoleónica. Lo que queda pues es una suerte de drama épico truncado en dos tiempos sin atisbo de sustancia y apenas alimentado en sus extremos más elementales. Los fantasmas de Goya es un drama manga por hombro, a medio hacer, cuya factura formal no raya a la altura que uno espera de un cineasta con las tablas del checo o de un director de fotografía tan dotado como el gran Javier Aguirresarobe. Da la sensación que todo Dios acusa el contagio de la apatía global de un proyecto con el saco de ambiciones a rebosar y un acabado, en contenido y continente, a años luz de lo que los mimbres de la empresa vaticinaban. Sin noticias de Goya y para colmo de males el guión de Forman y Jean-Claude Carrière (especialista en suntuosos andamiajes de época) despacha las respectivas tragedias de Lorenzo/Inés (Bardem/Portman) con la milagrosa metamorfosis del primero de oscuro azote de la Inquisición a afrancesado de pro, adalid de los modelos político-sociales de la Ilustración, y con el truculento (psicológica y físicamente) hundimiento estándar de la segunda, como mártir quintaesenciada de todos los ídem que en el mundo han sido. Con semejantes hechuras de dramón frustrado y agujeros recurrentes no queda sino deleitarse con el excepcional trabajo de vestuario y dirección artística, con la intensa partitura de José Nieto, con el desfile de rostros mediáticos, patrios y foráneos, y con el examen de nivel de inglés, de irregulares resultados, de algunos de nuestros actores más emblemáticos. Al final Forman mete la quinta en pos de un climax de urgencia incapaz, obvio, de justificarla escasa pegada de un producto rígido y parco en corazón que camina a saltos y que no sabe cómo y cuándo tomarse su tiempo para respirar y dar respiro. Mucho ruido, en suma, y muy pocas nueces.

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