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El código Da Vinci

El código Da Vinci - Cartel
Título V.O.
:
The Da Vinci Code
Año de producción:
2006
Distribuidora:
Sony Pictures
Género:
Thriller
Clasificación:
No recomendada menores de 13 años
Estreno:
19 de mayo de 2006
Director:
Ron Howard
Guión:
Akiva Goldsman
Música:
Hans Zimmer
Fotografía:
Salvatore Totino
Intérpretes:
Jean Reno, Ian McKellen, Alfred Molina, Tom Hanks, Jürgen Prochnow, Audrey Tautou, Paul Bettany
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Fotogramas de la película

Sinopsis

Tras producirse la misteriosa y enigmática muerte de un restaurador del Louvre rodeada de pistas y símbolos, el reputado experto en Simbiología Robert Langdon, es llamado al museo para arrojar un poco de luz sobre el asunto y porque además aparecía en la agenda del fallecido. Junto a una criptólaga de la policía francesa llamada Sophie Neveu, descubre una serie de signos ocultos en la obra de Leonardo da Vinci relacionados con el asesinato, y todos ellos apuntan a una sociedad secreta que esconde un enigma con dos mil años de antigüedad. Juntos inician un viaje que les lleva a París, Londres y Escocia en una lucha contrarreloj por desentrañar un código que haría temblar los cimientos más sólidos de la humanidad. Adaptación homónima de todo un hito de la literatura actual, del que se han vendido más de 50 millones de copias en todo el mundo. El escritor Dan Brown, que a raíz del éxito de "El código Da Vinci" tiene varios best sellers en el mercado editorial, ha seguido el proceso de adaptación y ha dado su visto bueno a la cinta. Dirigida por Ron Howard (Una mente maravillosa, 1,2,3... Splash) el film está protagonizado por Tom Hanks, que ya trabajó con el realizador en "Apolo 13" y la francesa Audrey Tautou, muy popular gracias a su papel de "Amelie". En el reparto también aparecen otros nombres destacados del mundo del cine como Ian McKellen (al que pronto veremos, una vez más, metido en la piel de un mutante en la tercera entrega de "X-Men"), Paul Bettany (Dogville, Wimbledon) o Jean Reno (Los ríos de color púrpura). La película, que antes de su estreno ya ha levantado una gran expectación por plasmar los polémicos planteamientos sobre la Iglesia y el cristianismo descritos en el libro, tiene todos los números para convertirse en uno de los grandes éxitos de este año.

Crítica

Ron Howard tiene una cosa en común con Dan Brown: es experto en enlatar emociones y manipular sentimentalismos fáciles, lo suyo es un academicismo cazador de premios y dólares. En suma, el sueño de cualquier productor en la meca del cine. Brown es un matemático de las letras, un escritor de medio pelo con olfato, fabricante de carnaza y gurú de la fórmula perfecta. Es decir, una bendición para cualquier editor ávido de coleccionar dólares. Tanto monta, monta tanto. El código Da Vinci es, antes que una adaptación tal cual, una fotocopia tridimensional de la dichosa novela, un videolibro en toda regla que busca más la complicidad del fan irredento del multimillonario Brown, que la satisfacción del espectador medio ajeno a las batallitas blasfemas light del nuevo genio del fast food literario. Howard arrastra todos los delirios y agujeros de la funambulesca novela. Es lo que tiene tener al autor en el cogote, censurando desde su privilegiada posición de productor ejecutivo. Cierto es que El código Da Vinci libro, habilidosa y absorbente madeja pseudo histórico-religiosa es una sucesión de penurias dramáticas, aderezadas con sugerentes cepos criptográficos y ruidosas, a la par que bien urdidas, teorías conspiratorias de dudosa historicidad. Cierto es que la milimétrica fidelidad al libro no podía traer más que lo que trae, es decir: un thriller superficial que abruma con tanto quiebro, pista insostenible y malo de bote. Howard, leal a la causa, ha dado cobertura a todas, absolutamente todas, las subtramas de la novela-trampa, provocando saturación y una sucesión relámpago de secuencias que se atropellan unas a otras con una línea narrativa meteórica, difícil de perseguir sin el apoyo del libro matriz. Los personajes de Brown son de un elementalismo asustante, apenas cuatro trazos prometedores de cada cual y una circense acumulación de tópicos para darles cuerpo. Howard importa los cuatro buenos trazos y toda esa empalagosa superestructura adicional que se ceba con la co-protagonista Sophie Neveau, cuyos apuntes íntimos y personales claman al cielo más aquí que allí por introducirse en formato concentrado. El problema de El código Da Vinci no es la escasa entidad de sus fuentes, la historia del cine está llena de ejemplos de malas novelas recicladas en notables películas, el problema es la enfermiza fidelidad, la improbable sucesión de pistas y sospechas a todo gas y, fundamentalmente, la raquítica arquitectura dramática de un dramatis personae devorado por el aluvión incontenible de trucos. Howard sólo se desmarca del libro a la hora de poner en imágenes los episodios históricos a los que el libro-guión se refiere: las Cruzadas, el Concilio de Nicea, la huida de María Magdalena de Jerusalén... flashbacks escasamente funcionales, redundantes y sobreabundantes que buscan ecos solemnes del pasado y que hacen coro a aquellos otros referentes a las infancias de Sophie y Silas, el sicario albino del Opus Dei, igualmente cansinos y delatores de una realización frecuentemente inconsistente. Howard se empeña en dar todo masticado hasta provocar indigestión. Aquí la mente sólo dormita y absorbe, un contrasentido en las arenas del thriller en que nos movemos. Al César lo que es del César, la película no amortigua la polémica, no esconde la mano ni pule las espinas más punzantes. Lo que estaba en el papel está también en celuloide. Lástima que Tom Hanks ande tan perdido y tan ausente en el overbooking de saltos mortales. Es el todoterreno Ian McKellen el que salva los muebles del reparto, hundido en las disonancias del guión de Akiva Goldsman. La cinta no es mediocre porque el libro lo sea también, ojo, sino por los pecados autónomos de Goldsman y Ron Howard, esbirros por decreto de Dan Brown. El código Da Vinci no tiene más peso que el de Los ríos de color púrpura, por ejemplo, aunque el estruendo suene con el doble de intensidad.

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