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Memorias de una Geisha

Memorias de una Geisha - Cartel
Título V.O.
:
Memoirs of a Geisha
Año de producción:
2005
Distribuidora:
Sony Pictures
Género:
Drama
Clasificación:
No recomendada menores de 13 años
Estreno:
20 de enero de 2006
Director:
Rob Marshall
Guión:
Robin Swicord
Música:
John Williams
Fotografía:
Dion Beebe
Intérpretes:
Koji Yakusho, Gong Li, Michelle Yeoh, Cary-Hiroyuki Tagawa, Mako, Ken Watanabe, Zhang Ziyi, Tsai Chin, Youki Kudoh, Kaori Momoi, Suzuka Ohgo, Randall Duk Kim
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Fotogramas de la película

Sinopsis

Poco antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial, una niña japonesa es apartada de su familia para servir en una casa de geishas. Aunque una rival entorpece su camino, la pequeña se transforma en la disciplinada y refinada geisha Sayuri, que consigue cautivar a todo tipo de hombres con sus eróticas dotes de baile, canto, música y conversación. El misterio y el exotismo que emana la convierten en una leyenda, pero oculta un secreto fatal en su profesión: ama a un hombre al que no puede acceder. Sayuri no será completamente feliz hasta que sea correspondida. El escritor norteamericano Arthur Golden relató al mundo en 1997 la desconocida vida de estas mujeres, antaño las más sofisticadas de Japón, en su bestseller "Memorias de una Geisha", que vendió más de cuatro millones de ejemplares en todo el mundo. Los productores Lucy Fisher, Douglas Wick y Steven Spielberg apostaron por Rob Marshall (Chicago) para dirigir la adaptación cinematográfica de la obra. La encargada de dar vida a la valientegeisha es la actriz china Zhang Ziyi (La Casa de las Dagas Voladoras) y como su rival, su compatriota la sofisticada Gong Li (Adiós a mi concubina). Junto a ellas, Ken Watanabe (El último samurai, Batman Begins), Michelle Yeoh (El mañana nunca muere, Tigre y Dragón) y Koji Yakhuso (Shall we dance??).

Crítica

Uno de los peores vicios del cine japonés clásico, a raíz de su irrupción abrupta en la escena internacional vía Rashomon de Kurosawa, era el afán deslumbrador, el espíritu concesionista a los nuevos mercados, occidentales, ávidos de exotismos japonizantes como aquellos aristócratas europeos decimonónicos que se derretían por las porcelanas Ming. Japón sabía lo bien que vendían en el oeste los samuráis, las katanas y los kimonos, por eso ´folclorizaba´, hasta el absurdo si era menester, sus productos esperando alimentar las retinas norteamericanas y europeas con suntuosos espectáculos de época generosos en la exhibición de atavíos y estereotipos culturales. Era, y es, el llamado efecto kimono, y es que no hay occidental, parece, que se resista a un baño de esteticismo orientalizante con cerezos en flor, rostros pálidos, cabañas de bambú y sake humeante. Memorias de una Geisha, adaptación del best-seller homónimo obra de Arthur Golden, es un baño intensivo de efecto kimono, estampitas bucólicas de estudio y filigranas pro-niponas de cartel promocional de agencia de viajes. Es más que discutible proponer una inmersión cultural de semejantes características en una civilización ajena y no tener el coraje de filmarla en la lengua original del país visitado, y lo que es peor, poner a dos actrices chinas y a una malaya haciendo las veces de japonesas refinadas. Rob Marshall hace demasiadas concesiones de salida y su afán de que la cinta entre por el ojo, y no por las vísceras es tan errática como limitadora. Memorias de una Geisha es un apasionante espectáculo visual con, eso sí, demasiadas semblanzas autóctonas de cartón-piedra, que luce un delicado y detallista diseño de producción, de vestuario, una dirección de fotografía sobresaliente y una partitura, a cuenta del incombustible John Williams, que está entre las mejores del curso cinematográfico norteamericano. Todo ello muy oscarizable, pero hay déficit de corazón y alma en una fábula ´cenicientica´ cuyo punto fuerte, cuyo agarradero debería ser precisamente ése, un romanticismo cristalino, envolvente y fuera borda que pusiera parches y desviara la atención de la complacencia sucedánea del producto con los lugares comunes y estigmas distorsionados de un Japón visto por Hollywood, a la manera de Hollywood. La novela de Golden no es para tirar cohetes, pero la línea argumental empuja con fuerza y toca fibra con un sentimentalismo tan efectista como efectivo. A su homónimo cinematográfico se le escapó el éxtasis pasional. Marshall consigue meter en el ajo en una primera mitad, la correspondiente a la infancia de Sayuri y su formación en las ancestrales artes de las geishas a cargo de la experimentada Mameha, pero se va derritiendo en un retrato difuso y esquemático de elementos secundarios (los roles de Ken Watanabe, Koji Yakusho, Gong Li y otros tantos no desarrollan siquiera la mitad de su potencial) y una caprichosa gestión de las elipsis que propone desproporcionados y abismales saltos en el tiempo. Memorias de una Geisha es un caramelo lujosamente envuelto pero con poco sabor, que no transmite más que curiosa indiferencia. Más allá del corazón y oficio que le ponen la preciosa Zhang Ziyi y Michelle Yeoh, enormes ambas, Marshall ha esculpido un Japón de postal y cartulina, un parque temático seductor que quizá habría sido otra cosa más de ley con un director japonés, un reparto enteramente ídem y, puestos a pedir, por qué no, un guión nipoparlante.

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