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La vida secreta de las palabras

La vida secreta de las palabras - Cartel
Título V.O.
:
The secret life of words
Año de producción:
2005
Distribuidora:
Warner Sogefilms
Género:
Drama
Clasificación:
No recomendada menores de 13 años
Estreno:
21 de octubre de 2005
Director:
Isabel Coixet
Guión:
Isabel Coixet
Fotografía:
Jean-Claude Larrieu
Intérpretes:
Tim Robbins, Sarah Polley, Javier Cámara, Eddie Marsan, Sverre Anker Ousdal, Daniel Mays, Dean Lennox Kelly, Danny Cunningham, Peter Wright, Emmanuel Idowu
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Fotogramas de la película

Sinopsis

En una plataforma petrolífera aislada en algún lugar en medio del mar, donde sólo trabajan hombres, se ha producido una tragedia, un grave accidente. Hanna, una mujer solitaria y misteriosa que intenta olvidar su pasado es llevada a la plataforma para que cuide de un hombre, Josef, un ingeniero de mantenimiento que se ha quedado ciego temporalmente. Allí trabajan, entre otros, un ruso solitario, un cocinero español que mata el aburrimiento creando pequeñas maravillas culinarias y una pareja de ingleses. Entre Hanna y Josef va creciendo una extraña intimidad, un vínculo lleno de secretos, verdades, mentiras, humor y dolor, del que ninguno de los dos va a salir indemne y que cambiará sus vidas para siempre. Los personajes descubren el poder del amor, incluso en las más terribles circunstancias. Tras la aclamada "Mi vida sin mí", llega la nueva y esperadísima película de Isabel Coixet (Cosas que nunca te dije), rodada en una plataforma petrolífera. Sarah Polley (El perdón, Amanecer de los muertos) vuelve a trabajar con la directora española tras "Mi vida sin mí". Le acompañan el oscarizado por "Mystic River", Tim Robbins (Pena de muerte) y Julie Christie (Darling, Doctor Zhivago). Coixet también ha contado con el producto ibérico, gracias a las actuaciones de Javier Cámara (Lucía y el sexo) y Leonor Watling (Hable con ella).

Crítica

Cual atolón de supervivientes del naufragio se yergue en el desierto acuático el limbo físico y metafísico de estas humanidades contraídas, enmohecidas por el descomunal rodillo de la inercia, la dinámica del espasmo y el agrio gusto de la derrota indiscutible, la pérdida irreparable, el futuro improbable. La plataforma petrolífera de La vida secreta de las palabras es un estadio intermedio entre el caos perpetuo de las certezas que nos anclan a la vida, por perra que sea, y la supervivencia impracticable, con la amnesia por bandera, el aislamiento inalcanzable y el derecho a empezar de cero poniendo tierra de por medio y cancelando tristezas. Pero en el fondo es una metáfora de lo inalcanzable, porque ya se sabe que las desgracias nadan, viajan, vuelan y lo que haga falta. Isabel Coixet borda un universo entre lo real y lo onírico, lo tangible y lo etéreo. Etéreas son las vidas destartaladas de Hanna y Josef, volátiles y víctimas propicias de una brizna de aire para venirse abajo. Es la alquimia de la abstracción a ras de suelo, de carne y hueso, extrapolable sin esfuerzo al universo de lo palpable. Magia sólo al alcance de genios con G mayúscula: el Lars Von Trier de Rompiendo las olas, cinta con la que La vida secreta de las palabras traza más de un puente, Atom Egoyan o el propio, Wong Kar-wai, maestro en el arte de diseñar complicidades marcianas. Isabel Coixet se ha ganado a pulso un trozo en ese cielo de cine descomunal y explosivo, exclusivo de cuatro privilegiados. La vida secreta de las palabras es una joya, un diamante, un pedazo de celuloide inconformista que no se acomoda coen su condición de gran película y que aspira a ser, y es, una experiencia sensorial de largo recorrido, una vivencia antes que un filme. Coixet no tiene miedo de dar dos pasos al frente cuando otros sólo se atreven a dar uno, por eso Mi vida sin mí era una obra maestra, por eso La vida de las palabras es ídem. Más allá de simbolismos privilegiados, de sinécdqoques, de metaforismo exuberante y fabuloso,es cine de ése que desarma, que derrite la fibra sensible dejando damnificados a su paso. Duele, remueve los adentros, se paladea, tal es la complejidad de su entramado emocional, con eco perpetuo mucho más allá de sus ciento veinte minutos de recorrido. Diseccionarla es traicionarla. Es vital la virginidad, la tabla rasa para devorarla, respirarla y empaparse de ella. Es cinta de secretos, y es en ese secretismo donde yace la clave de su portentosa capacidad de conquista. Es atroz la coyuntura del drama, que estalla entre las dobleces de un romanticismo salvaje, de heridas abiertas, pero no trastabilla, por cortesía, además, de la credibilidad inagotable de la portentosa sociedad Tim Robbins-Sarah Polley, autores ambos de las que sean acaso las mejores prestaciones de sus respectivas carreras. La directora catalana domina los resortes de la progresión dramática con ejemplar instinto. Gestiona los silencios, la callada quietud inmovilista de sus personajes que rumian sus miserias en voz queda, hasta que estallan los porqués, las raíces de las corazas respectivas. Es admirable cómo se va colmando de humanidad cada rincón de esta maravillosa cinta, sin prisa, sin pausa, sin espacio para el aire o el aliento. Es gozoso romperse por dentro al limpio compás del cine de Isabel Coixet. Al final se trata de responder a una cuestión atávica y esencial ¿Dónde van las palabras que no decimos, las que callamos y desterramos al abismo del inconsciente, las que clandestinas eluden el aire que respira Hanna/Sarah Polley? He aquí la inolvidable respuesta.

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