Dar los buenos días

Con el estallido del despertador comencé mi ritual matinal: me duche, afeité, desayuné, compré el periódico, cogí el autobús, subí, bajé… Y, nada más acceder al interior de aquella máquina me encontré, como era previsible, con una persona muy valiosa y responsable, que era el conductor.

Le di los buenos días y seguí mi camino sin esperar contestación. Sabía que eran miles los usuarios los que atravesarían aquella frontera, cuando oí: «Buenos días».

Aquella mañana tuve el privilegio de ir acompañado de mi hija, que con su tímida voz de adolescente, sorprendida, me dijo: «¡Papá, te conocen hasta los autobuseros!». Aquel halago me hizo recapacitar sobre las propiedades que poseen para la convivencia las palabras sencillas, aquellas a las que no les damos el gran valor. Es un ejercicio fácil, no engorda y, además, ¡sorpréndase!, es como este periódico, gratis.