Primero: al día siguiente de la muerte del Papa, Lorenzo Milá claro que estaba en Madrid, como pudieron ver todos los espectadores que sintonizaron La Primera de TVE y siguieron el especial que presentó (a lo largo de toda la tarde) desde Torrespaña. Nunca se utilizó, en el transcurso de esa emisión, chroma ni artificio alguno: Lorenzo Milá estaba sentado, al igual que los invitados al programa, en una silla dentro del estudio.
Segundo: al día siguiente, y en las jornadas sucesivas, Lorenzo Milá siempre estuvo en Roma e hizo los telediarios en directo desde allí. Siempre. Es fácil de demostrar. Lo indemostrable, porque no ocurrió, es lo contrario: asegurar que Lorenzo Milá informaba desde Madrid con apariencia de estar en el Vaticano.
Lo más lamentable de estos casos, de esta forma de hacer periodismo (es un decir) sin efectuar la mínima comprobación, es que hay que defenderse y dar explicaciones sobre hechos que nunca sucedieron. Si alguien merece un cero, y algo peor, es Peter Casting. Y si alguien merece una explicación, es Lorenzo Milá.
Lo más lamentable de estos casos, de esta forma de hacer periodismo (es un decir) sin efectuar la mínima comprobación, es que hay que defenderse y dar explicaciones sobre hechos que nunca sucedieron. Si alguien merece un cero, y algo peor, es Peter Casting. Y si alguien merece una explicación, es Lorenzo Milá.




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