Carta a mi madre enferma de Alzheimer

Tengo pocas líneas y mucho que decirte. Quizá pienses que te puedo comentar las cosas cuando nos vemos pero a veces no encuentro las palabras y otras me da vergüenza decirlas.

Sé que soy afortunada por tener una madre como tú y me arrepiento enormemente de haberme enfadado contigo cuando se te olvidaban las cosas. Cosas que además carecían de importancia, algún recado o una llamada o simplemente que me cosieras un pantalón que se me había roto –tonterías-.

Pensé de ti que eras una despistada, que no te preocupaban mis asuntos, que incluso te habías vuelto remolona porque ni cocinabas como antes ni cuidabas tanto tu imagen personal. Y me enfadaba, y le preguntaba a mis hermanos: ¿pero qué le pasa a la mamá?

Y te confesaré que, en alguna ocasión, alguno de tus olvidos o confusiones fue objeto de mofa. Pero tu nos observabas y reías también, -siempre has tenido un sentido del humor maravilloso-.

Empezamos a darnos cuenta de que tus olvidos eran cada vez más frecuentes y más serios. No recordabas cómo era tu casa o tu calle o pensabas que algún familiar estaba vivo cuando hacía años que había fallecido. Y cuando eras consciente de tu laguna, te ponías a llorar, pero siempre con esa ternura que te caracteriza, y entonces se nos encogía el corazón.

Todo cambió el día que nos dijeron que sufrías Alzheimer, ¡maldita enfermedad! Recuerdo que iba deambulando por el hospital pensando… ¿y ahora qué? ¿En qué momento mi madre dejará de conocernos? Si de algo ha servido esta situación es que nos ha unido más si cabe a mis hermanos y a mí. Nos llamamos, nos contamos y nos consolamos los unos a los otros.

Pero mamá, todos hemos tomado una decisión: ¡quererte mucho, muchísimo! Como tú te mereces y demostrártelo cada minuto del día. No hay tiempo para vergüenzas ni tonterías, no hay tiempo para entristecerse, ni lo hay para desaprovecharlo.

Queremos que seas la persona más feliz del mundo, que disfrutes de fiestas familiares, de risas y sobretodo de tus nietos… aunque al día siguiente no lo recuerdes.

No te preocupes por nada, aquí estamos el papá y tus hijos para devolverte un poquito del sacrificio que durante toda la vida tú has hecho por nosotros.

Les hemos explicado a tus nietos la enfermedad de su yaya, y la comprenden y te apoyan.

Querida mamá, estoy muy orgullosa de ti, solo te pido que hagas tus deberes, que leas, que escribas, que pasees, que luches haciendo todo lo que esté en tu mano para ganar tiempo a esta “maldita enfermedad” y así puedas vivir maravillosas historias y acordarte de ellas.

He querido escribirte esta carta para que la tengas presente todos los días, aunque por la mañana la tengas que releer.

Tienes una familia que te adora y te quiere con locura y estaremos contigo SIEMPRE.

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